
Así de cerca, con la mirada despierta observan los niños cada movimiento, se acomodan en su peculiar palco y reciben los actos de los adultos, tal cual la realidad.
A veces ajenos a ellos, no paramos nuestra ira, nuestro odio y comenzamos la temible escuela donde los niños terminan siendo la sombras de nuestras vidas.
Así de cerca podemos sentir la respiración de un ser que por pequeño que nos parezca posee el poder de la pureza, de la indefensión, de la dependencia, se nos entrega a manos llenas la vitalidad, la alegría, el amor. Lejos de su peculiar sencillez, sus preguntas nos lleva a veces a calles sin salida, sin salida porque no somos capaces de soltar nuestros lastrados prejuicios, nuestra venda en los ojos, las que nos ponemos para evitar ver aquello que nos implique la conciencia.
A veces en la sencillez de las preguntas de un niño nuestras respuestas, nuestros silencios hacen de su aprendizaje la hostilidad misma de nuestro mundo, y pienso entonces, ..., ¡qué abuso de confianza y que atentado a la vida!
Dedicado a mi hija María, también una niña. Desde aquí mis disculpas por los errores.








