
Se quedaron los entresijos del alma pendientes de cómo te ibas.
Mientras contemplo tu ida, llevas la bandera con mi nombre a media asta.
Las tormentas, la oscuridad, las nieblas no precipitan aquellas aguas que son mías.
Escucho tu lamento: ¡Tu mar no se precipita entre mis velas!
Tu ancla ya no rasga en el fondo de mis corrientes. Corrientes que me llevan
y me traen a mi misma, sólo a mí misma.
Ya no arde la sal de mis heridas, labios deseosos de otros besos.
Escolleras de los nudos en tus velas que cuanto más veloz, más se precipitan
allá en mi propio abismo.
Puedes encontrar cuando te vayas, en esa estela que te siguió,
En esos arrebatados nudos de tu propio precipicio.
En esa brújula desimantada de tu norte.
En ese faro torcido al abismo.
Puedes encontrar la vertiginosa carrera del desamor.
Rincón de la Victoria 2 de febrero 2009
Para quienes confunden el amor con otros estados de cariño.







